domingo, 12 de noviembre de 2017

La provincia interior


Entre febrero y abril de 1843 se publican en el periódico El Sol un puñado de artículos firmados por un joven llamado Enrique Gil y Carrasco. Los titula "Bosquejo de un viaje a una provincia del interior". Ahí empieza todo.
El imaginario que, para bien y para mal, ha pesado sobre el Bierzo en los últimos dos siglos arranca en este relato entre lo apasionado y lo erudito de un poeta villafranquino que se había ido a la capital mucho antes de que Baroja recomendara a los mozos con vocación de escritor que se fueran a Madrid a ponerse en la cola.
Siguiendo sus pasos, algún regeneracionista de principios del XX lanzó su mirada crítica sobre este pedazo de tierra pegado al Sil. Es el caso de Castaño Posse en "Una excursión por las Médulas", todo un tratado sobre la agónica situación de la comarca y su incapacidad para sacar provecho de sus recursos, que parece escrito ayer por la tarde.
El juego metafórico de Gil hizo fortuna años después, cuando fue recuperado en "Viaje a una provincia interior" por Raúl Guerra Garrido, vasco madrileño de origen berciano que ha buceado en la memoria de su juventud cacabelense como frecuente materia proteica de su obra.
Después, Valentín Carrera, el último romántico de esta comarca ensimismada, metió a Gil en su mochila para "El viaje del Vierzo" y "Viaje al interior por la provincia del Bierzo", dos títulos iniciáticos para los que quieran conocer esta tierra sin necesidad de envolverse en banderas o exaltaciones patrioteras.
De Gil, de Raúl y de Valentín hay huellas en el "Viaje a una provincia invisible", un libro reciente de Alfonso Fernández Manso, que juega con la ventaja de ver nuestra tierra con la limpieza en los ojos del que no ha nacido en ella, sin más ataduras sentimentales que su enamoramiento, libre del exceso de confianza del que la conoce demasiado.
Alfonso nos ayuda a entender esta provincia interior que busca su lugar al sol de los boletines oficiales sin acabar de reponerse de la pérdida del monocultivo carbonífero-energético que, hora es ya de empezar a reconocerlo, tanto daño le ha hecho al territorio.
Alfonso aporta un mapa para encontrar nuestro camino a un futuro de economía circular, sostenible y saludable, frente a la cuadratura minera en la que hemos reposado nuestras cabezas el último siglo, ignorantes de que el principal beneficio de la minería nunca queda en el territorio minero. Un camino cargado de incógnitas pero imprescindible para salir del marasmo asfixiante que nos rodea.
Sabemos que apostar por una agricultura de calidad supone enfrentarse a la escasa profesionalización del sector, a un minifundismo atroz de la propiedad y al envejecimiento demográfico. Sabemos que necesitamos un turismo no intrusivo, que mire más a la calidad que a la cantidad, selecto, no masificado y menos estacional. Sabemos que la cultura puede generar empleo y por eso necesitamos más teatros, más bibliotecas, más espacios culturales, pero también más librerías, más galerías de arte, más pequeñas iniciativas empresariales y asociaciones con clara conciencia del sentido asociativo y sus posibilidades.
Alfonso, Enrique, Raúl, Valentín. Nombres para entender esta pobre y digna provincia interior.

Como las vacas al tren. El Día de León (11, noviembre, 2017)

domingo, 29 de octubre de 2017

Los que dicen no



Están por un lado lo que dicen sí. Aplauden bovinamente al líder. Se dejan el dedo en el teclado poniendo “megustas” y retuiteando ocurrentes consignas. Merodean en torno a cualquier núcleo de poder presente o pendiente, calculando la ocasión propicia para sentarse a la mesa.
Luego está la gran masa flemática a la que se le aplica la norma que usaba frecuentemente con su gracia golferas Juan Luis Galiardo: “al amigo, el culo; al enemigo por culo y al indiferente la legislación vigente”.
Y quedan después unos pocos que dicen no. No los profesionales del no. No los del “de qué se trata, que me opongo”, que abundan y estorban más que ayudan. Es otro tipo de no.
Recordaba semanas atrás mi admirado Eduardo Aguirre una inquietante secuencia de “Cabaret” en la que se ejemplifica a estos seres de los que hablo, con el talento del maestro Fosse, en un par de minutos de celuloide. 
En ella, el libertino aristócrata que acepta como mal menor la violencia nazi contra los comunistas en el Berlín de los años treinta, disfruta de la plácida campiña alemana con el estudiante británico que, junto a la alocada bailarina que interpreta Liza Minelli, protagonizan la película.
Un seráfico adolescente entona con la voz limpia de la juventud una bellísima canción que habla de ciervos que corren libres, de soles cayendo sobre la pradera y de hijos que esperan la llamada de la patria. “El mañana me pertenece”, repite el vibrante estribillo. 
El joven viste el uniforme pardo decorado con la esvástica. Todos los clientes de la taberna acaban cantando a coro, de pie, con entusiasmo creciente, salvo un anciano que permanece sentado, mohíno y cabizbajo. Lo que empezó como melodioso canto acaba como terrible amenaza. “¿Sigues creyendo que les pararéis los pies?” pregunta el estudiante al noble alemán. 
El anciano es de los que dicen no. Hay que tener mucho valor para contradecir a la masa enfebrecida.
Otro ejemplo, del mismo momento histórico, es el de August Landmesser. Su foto ha circulado mucho por la red. Es el único que se cruza de brazos en medio de una multitud de obreros alemanes haciendo el saludo nazi en una escena captada en los astilleros de Hamburgo. 
Había que tener mucho valor para no levantar el brazo en la Alemania de 1936. El mismo que para afiliarse a un sindicato de clase en la España de los sesenta, mantener relaciones homosexuales en la Cuba castrista o ponerse delante de una columna de tanques durante las protestas de la Plaza de Tiananmén.
En el lamentable clima de derrumbe político en el que nos movemos abundan los que han hecho de decir sí su carrera. Son mayoría en los lugares donde se toman las grandes decisiones. Han aprovechando con éxito el hueco que van dejando las personas válidas, razonables, honradas y competentes, que han huido de la actividad política, asqueados por la sumisión, la mediocridad y la mezquindad que rodea su práctica.
Por eso estamos en este cruce de caminos hacia ninguna parte. Por la incapacidad de izquierda y derecha de articular discursos, de captar a los mejores, de organizar estrategias de comunidad. Por el ensimismamiento de los que llevan toda la vida diciendo sí y la voluntaria marginación de los capaces. Por no buscar a los que dicen no.
Miren a su alrededor. Localicen a esa gente que dice no. Nos hacen falta.


Como las vacas al tren. El Día de León (28, octubre, 2017)

viernes, 20 de octubre de 2017

Premios Diálogo 2017. Fundación Jesús Pereda

Buenas noches.
Vengo del Noroeste. Un territorio geográfico, literario y mental.
Vengo de León. Una provincia levítica –antaño próspera; hoy agotada, envejecida y marchita– que cuenta peregrinos y comercia con griales de plástico y disfraces medievales para ir tirando.
Vengo del Bierzo. Una comarca física, económica y socialmente calcinada. Literalmente incinerada.
Vengo de Ponferrada. Un lugar que fue propicio para lo inaudito y hoy mendiga un puesto en la mesa vacía del porvenir.
Vengo del Noroeste. Soy un habitante de los suburbios del Estado.
Estoy en Valladolid: la capital de una comunidad autónoma periférica, bradicardiaca y afónica.
Trabajo en un teatro municipal. En un espacio en el que con recursos económicos y humanos muy limitados ofrecemos una programación escénica de calidad y estable que se ha mantenido en estos últimos años de crisis con resultados más que dignos.
Trabajo en un teatro público. Y el concepto "público" ha formado parte de nuestro ideario desde su apertura, hace 21 años. Reclamar esa idea del servicio público incluye estar convencido de que no se pueden concebir los derechos de ciudadanía en el siglo XXI sin contar entre ellos el del acceso a la cultura. 
"Es triste vivir en una época en la que hay que luchar por las cosas evidentes", nos dijo Friedrich Dürrenmatt.
Trabajo en un teatro público que en estas dos décadas ha tenido muy presente el mandato de Federico García Lorca de "enseñar las cosas que no queremos ver, gritando las verdades que no queremos oír".
Trabajo en un teatro público en el que intentamos poner orden en el caos, siempre conscientes de que nuestra misión es imposible pero recordando el consejo de Juan Mayorga: "el teatro no puede cambiar el mundo pero los que lo hacemos debemos trabajar como si lo creyéramos"
Desde mi lugar en un teatro público he contemplado con desasosiego el panorama de externalizaciones sin control o de privatizaciones en condiciones discutibles de muchos servicios y espacios culturales de mi comunidad.
He visto cómo nos hemos ido adaptando a la precarización como norma, a la vez que hemos ido perdiendo músculo profesional artístico y técnico.
He advertido cómo la fragilidad se ha instalado en la médula espinal del sector escénico, cómo se han evaporado muchos principios que creíamos sólidos, cómo los discursos de la conformidad han ocupados los boletines oficiales.
He comprobado como los débiles diques de contención contra la injerencia política más patosa se han roto y hoy ocupan puestos de responsabilidad gentes que ignoran cual es la muy digna e imprescindible misión de la política. También de la política cultural.
"Qué tiempos serán los que vivimos que hay que defender lo obvio" nos dijo Bertolt Brecht.

Quiero expresar mi enorme y sincero agradecimiento al Ateneo Cultural Jesús Pereda y al jurado de estos Premios Diálogo 2017.
Quiero dar infinitas gracias por poder compartir el premio con gente y grupos a los que admiro y aprecio: Eliseo Parra, la Asociación Literaria Café Compás y la Asociación Cultural Civitas Animación Teatral.
Quiero que me permitáis compartir este premio en primer lugar con todo el extraordinario equipo humano del Teatro Bergidum y con los cerca de 800.000 espectadores que han aceptado en este tiempo en Ponferrada participar en el milagro del hecho escénico.
También con mis compañeros del área municipal de cultura Maica de Prado y Javier García Bueso, porque las fatigas compartidas con ellos son menos fatigosas.
Lo comparto con todos mis colegas de este oficio hermoso, sufrido y complejo que, por todos los rincones de esta comunidad y de este país, llevan a cabo de forma silenciosa, profesional y sacrificada una enorme labor tras el telón.
Y, por último, muy especialmente, lo comparto con los programadores del grupo de giras de Castilla y León que hemos sido capaces de generar complicidades y hemos intentando remendar las redes apolilladas por el desinterés y la rutina: Senador, de León; Celia, de Benavente; Pilar, de Palencia; Julia, de Aranda; Fernando, de Miranda; Piti, de Soria; Marco, de Segovia; Eduardo, de Medina y Juan, de Laguna.
Nos vemos en los teatros. Muchas gracias

Fundación Jesús Pereda. Recepción de los Premios Diálogo 2017 a la Promoción de la Cultura Local. Valladolid, 19 octubre 2017

domingo, 15 de octubre de 2017

Marcando el camino

Imagino que sólo la agitación política que estos días ha sacudido el país por la crisis catalana ha impedido una mayor repercusión del Encuentro Internacional de Ocultura que se desarrolla en la capital de esa provincia tan interior que cualquier día desaparece de los mapas. 
El caso es que mientras los ciudadanos siguen con estupefacción el esperpéntico sainete catalán y contribuyen a la reactivación de la industria china de la confección de banderas, por aquí se celebran unas jornadas que marcarán el camino en el desarrollo de una provinca antaño próspera, hoy agotada, envejecida y marchita.
Durante tres días y con un innegable éxito de audiencia, el Auditorio de León ha sido escenario de conferencias sobre conjuras, conspiraciones, maquinaciones y conciliábulos de lo más secreto ofrecidas por un surtido ramillete de prestigiosos investigadores de naderías, todo muy científico y muy documentado.
Masones, rosacruces, illuminati, templarios, teósofos, nazis cabalistas, profetas judíos, dioses extraterrestres que dibujan signos en los altiplanos del Perú, constructores de pirámides y catedrales, lectores del tarot, alquimistas, herreros y jugadores de la oca… 
Supongo incluso que algún miembro del club Bilderberg, un descendiente que tuvo Jesucristo de su relación con María Magdalena, algún investigador del grimorio de San Cipriano, un neoplatónico exiliado en Ibiza y un hassassin que ahora vive en Vallecas habrán prestado testimonio en estas trascendentes jornadas.
Hay que animar a los organizadores. No podemos detener este despliegue erudito. La provincia necesita reactivación y aquí hemos encontrado un filón. Repasemos el “Gárgoris y Habidis” de Dragó. 
Busquemos a la vaca sagrada que fundó Villafranca del Bierzo: con los chuletones de esa especie criaremos una nueva raza. 
Recuperemos el cuerno del alicor que cuidó San Genadio en el Valle del Silencio: si vienen de todas partes a ver osos, de dónde no vendrán a observar manadas de unicornios. 
A qué espera el Instituto Leonés de Cultura para montar un plan de búsqueda de tesoros moros enterrados en cuevas que comunican castillos construídos por gigantes.
El Grial ya lo tenemos pero nada se ha hecho para descubrir los sótanos secretos de la fortaleza templaria de Ponferrada donde se esconde desde hace siglos el Arca de la Alianza. Introduzcamos en la Universidad una cátedra dedicada al priscilianismo. Abramos ya la ruta de la Monga Egeria, que hará palidecer al Camino Francés…
Cuando se deja de creer en Dios, decía Chesterton, enseguida se cree en cualquier cosa. Alguien contestó a la cita del escritor británico: el tonto no deja de serlo, crea o no.

Como las vacas al tren. El Día de León (14, octubre, 2017)

sábado, 30 de septiembre de 2017

Un país con Lorca

Se ha visto estos días en la Feria de Teatro de Huesca “Lorca, la correspondencia personal”, un texto tejido por Juan Carlos Rubio con delicadeza, sabiduría y mucho amor hacia el que es, junto con Cervantes, el nombre más universalmente conocido, leído y traducido de las letras castellanas.
Usa el dramaturgo fragmentos no necesariamente dramáticos de Federico a modo de teselas con las que construye un mosaico en el que bucear entre la complejidad, el talento, la personalidad y los miedos de un creador magnético, inquieto y fascinante. Una amiga teatrera me confesó a la salida que viendo funciones como la que ha producido la compañía Histrión Teatro lloras pensando en lo que hubiera podido ser este país con Lorca vivo.
Darle vueltas a lo que pudo haber sido y no fue sólo conduce por la dulce pendiente del bolero o por el trastorno de la melancolía, pero la tentación es grande e imaginar es barato. Y quiere pensar uno que una España con Lorca vivo hubiera sido, efectivamente, un país mejor, con un tejido social en el que se hubiera consolidado un ADN democrático, tolerante y creativo, dotado de unos sólidos principios de convivencia con los que la mayoría pudiera sentirse cómoda.
Una España con Lorca vivo hubiera sido más empática, más creativa, más humana y con un sentido del humor menos negro y más integrador. Quiere uno pensar que con Lorca vivo no hubiéramos llegado a este punto en el que relacionamos la bondad con la debilidad, la bronca con la capacidad de liderar, el menosprecio insultante con el espacio para el diálogo.
Tal vez con Lorca vivo no hubiéramos llegado a este momento de virilidad viejuna y gregaria que huele a sobaco y a taberna, a consigna correosa y a berrido ignorante, al machadiano desprecio de todo lo que se ignora, a esta ignorancia oceánica, prepotente y grasienta.
Le gusta a uno imaginar que la calidad humana del poeta hubiera contagiado a ciudadanos y ciudades que han dejado de oler a abono pero huelen cada día más a mierda. Lorca, tan andaluz y tan poco andalucista, tan español y tan poco españolista, hubiera ayudado a construir un país menos tribal, más colaborativo, más interesado en entender el pasado que en manosearlo obscenamente, más proclive a conjugar con justicia derechos y deberes que a vestir con banderas balcones como refugio de cobardías sociales e intelectuales.
A Lorca lo asesinaron en el trágico verano del 36. La historia discurrió por la senda de sangre, fuego y autoritarismo que el poeta había presentido en versos deslumbrantes. Imaginar es barato y aunque no cambia el pasado podría ayudarnos a construir el futuro.

Como las vacas al tren. El Día de León (30, sep, 2017)

domingo, 17 de septiembre de 2017

Desde la periferia del pensamiento

Miller enamoró a una mujer que sonreía con una incógnita en la boca
“Vueltas al tiempo” es uno de los libros de memorias más apasionantes que conozco. En estos tiempos de futilidades digitales por arrobas y de literatura al peso, adentrarse en la autobiografía de un artista riguroso y de un intelectual comprometido con su tiempo y sus contradicciones como Arthur Miller, es un antídoto contra la majadería imperante.
A Miller lo admiramos por ser el autor de la obra que mejor ha descrito la crueldad inherente al capitalismo en “Muerte de un viajante” y le envidiamos por haber enamorado a una de las mujeres más fascinantes de la historia, que se llamaba Norma Jeane y sonreía con una incógnita en la boca que se llevó a la tumba.
Repasando notas de una ya lejana lectura, encuentro párrafos subrayados. En 1985 (antes de ayer) escribe: "es posible que el mundo esté organizándose otra vez en tribus, los restos de las culturas antiguas despiertan de su largo sueño y es posible que el marxismo sea el envoltorio nacionalista que da un aire moderno a esta interrupción del trivalismo atávico"·
Hace Miller esta reflexión con motivo de un encuentro de escritores occidentales con colegas de lo que era entonces el Telón de Acero. Preclaro, define al nacionalismo como "pesadilla de la izquierda y sueño tradicional de la derecha". Un viejo texto de un dramaturgo muerto parece pensado para ayudarte a entender el confuso momento que vive tu país, que afecta incluso a los territorios del pensamiento periférico en los que vives.
A este cocido condimentado con la receta maquiavélica de que no hay que ganar por la fuerza lo que se puede ganar con la mentira, asistimos estupefactos los que habitamos los suburbios del Estado y nos levantamos cada mañana en una comunidad autónoma bradicardiaca, en una provincia levítica que comercia con griales de plásticos y trajes medievales para ir tirando, en una comarca calcinada física y mentalmente en la que siguen poniendo velas al carbón y contando peregrinos, en un proceso de regreso al pasado que no conduce a ninguna parte.
No hemos llegado al disparate actual por casualidad. Hemos sido conducidos a este punto de tensión de consecuencias inimaginables de la mano de insensatos, mentecatos y corruptos proporcionalmente repartidos en todos los frentes: como en las bodas, la norma indica que debe haber al menos un idiota en cada mesa.
Y nosotros, los espectadores de los territorios suburbiales, deberíamos recuperar aquella vieja costumbre de los judíos según la cual, cuando un cadáver era conducido al cementerio, los correligionarios de la sinagoga tenían que gritarle al oído: ¡Fulano, Fulano, entérate de que estás muerto!
Como las vacas al tren. El Día de León (16, septiembre, 2017)

miércoles, 26 de julio de 2017

La oficina de cristal













En la prehistoria de Ciudad del Puente había peregrinos (pocos), emigrantes de vacaciones (bastantes) y viajantes de comercio (muchos). Lo que no había eran turistas. En cambio, sí había Oficina de Turismo. Ciudad del Puente siempre ha sido una población cargada de misteriosas contradicciones.
La oficina era un cubo de cristal, sofocante en verano, glacial en invierno, colocado al pie mismo del puente de la Puebla para comodidad de las palomas que picoteaban las hostias sin consagrar olvidadas en el derribo de la vieja iglesia de San Pedro.
La atendían unos remotos antecesores de Faemino y Cansado. Amalio Fernández, padre venerable de la fotografía berciana, y Pedro Fernández Matachana, cronista oficioso de las tradiciones vernáculas, custodiaban menguados rimeros de folletos ordenados alfabéticamente e impresos en Madrid. Las cosas, entonces, sólo se imprimían en la capital centrada y centrípeta.
Eran panfletos a dos tintas de la Ciudad Encantada de Cuenca, los Toros de Guisando, Tordesillas y otros lugares nunca explorados por Ulises. El interior se protegía del sol con fotos de un exotismo canijo pero irresistible para los preadolescentes que nunca habían pasado de Astorga: Ronda, la playa de Benidorm, el Parador de Cáceres. Y todo así…
Amalio y Pedro, condenados a penar en aquella cárcel de cristal, atendían el negociado con paciente desgana y enviaban mensualmente una escueta pero detallada estadística a los medios: “en febrero, han pasado por la oficina 48 personas y un belga”.
Las mejoras urbanas derribaron la jaula y la tecnocracia democrática aportó luego  expertos en vendar paisajes con adjetivos, folletos en cuatricomía sobre papel cuché y autoridades que se compraban un traje para ir a ferias a probar canapés de salmón. 
En Ciudad del Puente empezamos a ver turistas que pasaban fugaces buscando tipismos de interior, con el tiempo justo para fotografiarse ante las ruinas del castillo y probar patatas bravas del Bodegón y pulpo de Cubelos. Las callejuelas del casco viejo no daban para más. Al anochecer se ponían perdidas de yonkis.
El turismo, bendición envenenada para los lugares pobres, se convirtió entonces en la temible prioridad política que es hoy. Ahora, con el territorio descangallado y las esperanzas puestas en los milagros, se predica contra el turismo invasivo y destructivo, nuevo Saturno que devora las razones mismas de su existencia. 
Cada vez hay más turismo pero nadie quiere ser turista. Tendríamos entonces que recuperar aquella caja de cristal. Y ponerla en la wikipedia como lugar donde guardar las cosas que nunca se van a encontrar.

Como las vacas al tren. El Día de León (22, julio, 2017)