domingo, 26 de noviembre de 2017

Un gesto contra el mal

Por su abundancia, variedad temática, rigor y facilidad de acceso, Washington D. C. es el paraíso para los amantes de los museos. Se pueden encontrar en ellos valiosas colecciones de pintura y atractivas muestras antropológicas, científicas o divulgativas. Pero si ahora mismo me pidieran que recordara una pieza de todos ellos intentaría explicar ese rincón en el que se amontonan unos miles de viejos zapatos, apilados tras una vitrina, en el Museo del Holocausto.
Lo escribo y vuelve el olor a cuero muerto de aquellos zapatos. Y aparecen las personas que caminaron y bailaron con aquellos zapatos pobres, o elegantes, o meramente prácticos. 
Los muertos descalzos convertidos en humo. Las lágrimas de esa joven que mira el cúmulo de zapatos tras el vidrio. El doloroso silencio de los adolescentes que atraviesan la estancia. 
El breve poema que ilustra este rincón en memoria de la catástrofe: “Somos los zapatos. Somos los últimos testigos. Somos zapatos de nietos y abuelos desde Praga, París y Amsterdam. Y porque solo estamos hechos de tela y cuero y no de sangre y carne, cada uno de nosotros evitó el fuego del infierno”. Apenas cinco líneas de Moshe Schulstein, un poeta yiddish que sobrevivió al Holocausto, bastan para acercarse al abismo de lo inexplicable.
Nunca he estado en Auschwitz. Creo que nunca visitaré el memorial del campo donde se concentró el mal en estado puro. Pero recuerdan los que han estado que los lugares más impactantes no son las salas de gaseado, la pared donde se fusilaba, los hornos o la puerta de acceso al campo con la tristemente famosa frase “Arbeit Macht Frei “(El trabajo os hará libres). Unánimemente recuerdan el impacto que les causó las salas acristaladas donde se amontonan los objetos recopilados de los prisioneros: maletas, peines o los montones de pelo humano.
El pasado jueves, la Plaza del Ayuntamiento de Ciudad del Puente amaneció alfombrada con zapatos teñidos de rojo. Era una acción poética de largo recorrido que inició la arquitecta y artista visual mexicana Elina Chauvet en Ciudad Juárez, el Auschwitz de la violencia machista, en 1999, tras el asesinato de su hermana a manos del marido.
Desde entonces, los zapatos rojos han viajado por decenas de ciudades de América y Europa. En cada población, la colección aumenta y los ciudadanos dejan sus zapatos y sus mensajes, creciendo así la memoria colectiva, la evocación, la marcha silenciosa de las víctimas.
Son manchas de sangre sobre los adoquines. Son gritos mudos frente al atavismo machista que se resiste a reconocer que el siglo XXI será de la mujer o no será. Es el rastro trágico del que toma como objeto a la mujer y la consume como otra posesión más del Black Friday mental en el que chapoteamos.
Es un recuerdo, amplificado de ciudad en ciudad, de crímenes simiescos con frecuentes y muy graves complicidades en el entorno de la víctima y de esos miserables verdugos chulescos que se alimentan del miedo y del dolor ajeno.
Los zapatos rojos sobre los adoquines de la plaza me trajeron el olor a cuero muerto de aquellos zapatos del Museo del Holocausto de Washington. Es el poder del símbolo. La capacidad de evocación del objeto. El poder de un gesto contra el mal.

Como las vacas al tren. El Día de León (25, noviembre, 2017)

domingo, 12 de noviembre de 2017

La provincia interior


Entre febrero y abril de 1843 se publican en el periódico El Sol un puñado de artículos firmados por un joven llamado Enrique Gil y Carrasco. Los titula "Bosquejo de un viaje a una provincia del interior". Ahí empieza todo.
El imaginario que, para bien y para mal, ha pesado sobre el Bierzo en los últimos dos siglos arranca en este relato entre lo apasionado y lo erudito de un poeta villafranquino que se había ido a la capital mucho antes de que Baroja recomendara a los mozos con vocación de escritor que se fueran a Madrid a ponerse en la cola.
Siguiendo sus pasos, algún regeneracionista de principios del XX lanzó su mirada crítica sobre este pedazo de tierra pegado al Sil. Es el caso de Castaño Posse en "Una excursión por las Médulas", todo un tratado sobre la agónica situación de la comarca y su incapacidad para sacar provecho de sus recursos, que parece escrito ayer por la tarde.
El juego metafórico de Gil hizo fortuna años después, cuando fue recuperado en "Viaje a una provincia interior" por Raúl Guerra Garrido, vasco madrileño de origen berciano que ha buceado en la memoria de su juventud cacabelense como frecuente materia proteica de su obra.
Después, Valentín Carrera, el último romántico de esta comarca ensimismada, metió a Gil en su mochila para "El viaje del Vierzo" y "Viaje al interior por la provincia del Bierzo", dos títulos iniciáticos para los que quieran conocer esta tierra sin necesidad de envolverse en banderas o exaltaciones patrioteras.
De Gil, de Raúl y de Valentín hay huellas en el "Viaje a una provincia invisible", un libro reciente de Alfonso Fernández Manso, que juega con la ventaja de ver nuestra tierra con la limpieza en los ojos del que no ha nacido en ella, sin más ataduras sentimentales que su enamoramiento, libre del exceso de confianza del que la conoce demasiado.
Alfonso nos ayuda a entender esta provincia interior que busca su lugar al sol de los boletines oficiales sin acabar de reponerse de la pérdida del monocultivo carbonífero-energético que, hora es ya de empezar a reconocerlo, tanto daño le ha hecho al territorio.
Alfonso aporta un mapa para encontrar nuestro camino a un futuro de economía circular, sostenible y saludable, frente a la cuadratura minera en la que hemos reposado nuestras cabezas el último siglo, ignorantes de que el principal beneficio de la minería nunca queda en el territorio minero. Un camino cargado de incógnitas pero imprescindible para salir del marasmo asfixiante que nos rodea.
Sabemos que apostar por una agricultura de calidad supone enfrentarse a la escasa profesionalización del sector, a un minifundismo atroz de la propiedad y al envejecimiento demográfico. Sabemos que necesitamos un turismo no intrusivo, que mire más a la calidad que a la cantidad, selecto, no masificado y menos estacional. Sabemos que la cultura puede generar empleo y por eso necesitamos más teatros, más bibliotecas, más espacios culturales, pero también más librerías, más galerías de arte, más pequeñas iniciativas empresariales y asociaciones con clara conciencia del sentido asociativo y sus posibilidades.
Alfonso, Enrique, Raúl, Valentín. Nombres para entender esta pobre y digna provincia interior.

Como las vacas al tren. El Día de León (11, noviembre, 2017)