sábado, 8 de julio de 2017

Triste, solitario y final


Paco González fue nuestro "Paco el Payaso"
Hay personas a las que conocemos antes de haberlas visto. Eso me ocurrió con Paco González: la primera vez que nos encontramos yo ya lo conocía. Su nombre y su leyenda circulaban por los famélicos cenáculos de los aficionados al teatro en Ciudad del Puente allá por los años ochenta.
Los mayores nos hablaban con reverencia de un paisano que vivía en Alemania y tenía por oficio el de payaso. Nadie entonces decía “clown”. Paco era “Paco el Payaso”. Por eso, cuando me encontré con un berciano que hacía teatro y me guió en el efervescente panorama escénico berlinés de los noventa las cosas fueron rodadas.
Nacido y criado entre Fabero y la aldea de la raya galaico-berciana Villar de Silva, Paco emigró de niño a Alemania con su familia, siguiendo el trayecto de muchos españoles de la época. Su destino de obrero especializado al servicio del milagro económico alemán cambió cuando fue admitido en la prestigiosa escuela de teatro de Essen, por la que habían pasado Pina Bausch o José Luis Gómez.
Allí se formó como clown y en Alemania desarrolló su carrera como actor, con incursiones puntuales en el cine y en el poderoso "teatro oficial", por el que nunca mostró mucho interés: las rigideces institucionales no encajaban en un espíritu libertario como el suyo.
Cuando me lo encontré en Berlín andaba embarcado en un proyecto de teatro gestual con máscaras. Un grupo de programadores de Castilla y León vimos un ensayo en una destartalada nave del extrarradio. Y salimos de allí flipando.
Aquello era "Ristorante Inmortale", un trabajo lleno de belleza, sensibilidad y humor que se movió por todo el mundo durante años. En España se vio por primera vez en el escenario del Bergidum, convertido en cómplice de aquella extraordinaria compañía alemano-berciana llamada Familie Flöz.
Pero Paco tenía su propio proyecto, largamente acariciado y meditado: levantar sobre las ruinas de su casa de Villar de Silva un centro de creación y formación. Una vuelta a sus orígenes devolviendo a su tierra la sabiduría adquirida en todo este tiempo. Chao do Prao se construyó con enormes dosis de ilusión y la colaboración desinteresada de artistas de todo el mundo. Por un momento, entre aquellas cuatro paredes pareció posible el milagro de que el Bierzo ofreciera una propuesta creativa ambiciosa, diferente y rigurosa.
Aquella casa con alma, sin embargo, se convirtió en un enorme quebradero de cabeza. Sospecho que esos problemas afectaron a la salud de Paco, que ha pasado los últimos años de su vida en estado vegetativo.
Murió hace unos días en Alemania. Y uno vuelve a quedarse, otra vez, como en aquella novela argentina, triste, solitario y final...

Como las vacas al tren. El Día de León (8, julio, 2017)