lunes, 6 de febrero de 2017

Interés por la fontanería

Que a Javier Marías no le gusta el teatro es sobradamente conocido: el propio escritor se ha encargado de divulgarlo reiteradamente en sus artículos.
En fecha ya lejana y con el explícito título de “Por qué detesto el teatro” sostenía nuestro señero novelista que “me molesta que los decorados se noten tanto, que las puertas se perciban tan falsas, que cuando se abre un grifo no siempre salga agua”. Aquella columna fue replicada con agudeza por Adolfo Marsillach: “¿de veras mi respetado escritor va al cine a admirar la fontanería de los cuartos de baño que salen en pantalla?”
El oficio del columnismo es duro: cuando no hay tema que llevarse al folio es recurrente acudir a los fantasmas personales. Por eso no me sorprendió su nueva arremetida contra las tablas desde un medio de gran difusión y menguante prestigio. Después de reconocer que hace años que no va al teatro, embiste contra lo que llama “tontunas contemporáneas” y dice no soportar que José Luis Gómez interprete a la Celestina o que Blanca Portillo haga el papel de Segismundo.
Que al señor Marías no le guste el teatro debiera ser asunto intrascendente. Los gustos, los artísticos incluídos, son asunto personal. Ya incomoda un poco más que un escritor de su prestigio exprese su arqueológica opinión desde una confesa ignorancia escénica y en un tono próximo al cuñadismo cipotudo tan en boga en la política y en los debates televisivos.
La insistencia de don Javier en darnos su punto de vista sobre un arte que reconoce no frecuentar no deja de ser una muestra de la auténtica españolidad: nada nos gusta más que hablar de lo que no sabemos. Que entre en ese juego alguien de su crédito artístico es de lamentar, en tanto contribuye desde una atalaya privilegiada al desprestigio de una actividad a la que llevan siglos colocando gravosos e injustificados sambenitos.
Marías no sabe que en España, en las peores condiciones y en un contexto adverso gracias a opiniones como la suya, se está haciendo actualmente el mejor teatro en siglos, al que asisten un número nada despreciable de espectadores y que contribuye de forma modesta pero estimable a la economía y al prestigio cultural del país.
Forma parte de la misión del teatro producir temor a los pusilánimes, a los tiranos, a los que entienden la ficción como un lugar amenazante. Como me disgustaría colocar al señor Marías en estas categorías, prefiero pensar que su recelo con el teatro se debe a su enigmático interés por la fontanería.

Como las vacas al tren (El Día de León, 4 febrero, 2017)

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